viernes, 29 de enero de 2010

Lectura del hombre reescrito


                                                       Pintura de Celestino Mesa, artista canario

Miraba tu mano y yo te leía. La palma tenía toda su existencia. Los dedos surgían como fuertes robles del bosque lejano de humedad baldía y me imaginaba tu dorso desierto sin agua ni sombra. 
Miraba tu mano y yo te leía.

Descubrí tu rostro por casualidad. Mis ojos miraban hacia el mar profundo. Mis grandes pupilas lejanas y azules buscaban tu miel que asaltó mi cuerpo, mientras que mi barca perdía el horizonte.
Descubrí tu rostro, por casualidad.

Abrace tu cuerpo y vi mi futuro. Mis brazos rozaban tus arados surcos. Me vi en mi alegría, la risa de un niño, mientras mi existencia golpeo mi cara, sin saber jamás lo que tiene el alma. 
Abracé tu cuerpo y vi mi futuro.

Regresé mis pasos perdidos de luces. Mis desnudos labios sintieron el frío. Mientras mis hermanos dormían su sueño y el viento del norte rozaba sus puertas, sin reconocer la edad de su gente. 
Regresé mis pasos perdidos de luces.

Cantaba contento la canción más bella. Y tú te alejabas despacio y corriendo. Mi mente vagaba entre las adelfas y me consolaba sintiendo su aroma, sin reconocer su mortal perfume. 
Cantaba contento la canción más bella.

Y caminé solo mi propia existencia. Los demás venían andando despacio. De pronto mi vida me lanzó un aviso, mi cansado oído no escuchaba nada, el pitido agudo pasaba de largo. 
Y caminé solo mi propia existencia.

Despliego las alas, mi vuelo es terrestre. Me elevo soñando y busco mi mente. La gente camina con paso medido, sin salir del marco que otros pintaron, sobre la fría nieve que envolvía mi lienzo.
 Despliego las alas, mi vuelo es terrestre.

No supe leer el libro del hombre. Mi vida discurre cerca de su meta. Mis cansadas piernas no escuchan más órdenes y mi corazón se apaga en la pena, de tener un mundo sobre mis espaldas. No supe leer el libro del hombre.

Tú estabas conmigo, junto a mi morada. Mi barca partía y yo la ocupaba. Mis ojos decían lo que te enfadaba y yo no podía decirte ya nada porque mis pupilas solas se cerraban. 
Tú estabas conmigo, junto a mi morada.

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